1.3

La cobardía se disfraza. De déspota, orgullosa, dulzona, reprimida, moralista, extremadamente sociable. De tia coñazo, en estas dos mujeres. Cada una a su manera. Cada cual a su problema. El mío es la falta de comprensión. Las miro y pienso: “estúpidas”. Y no empatizo. Claro que no. Si no soporto la estupidez, cómo hacerlo cuando está tan cerca. La falta de verdadera personalidad y el reírse de ello, me resulta tan desagradable.

No sé cómo explicar que siento pena por las personas como ellas. Tan orgullosas de tener que compartir todo para tomar una mínima decisión. Tan cargantes. Se sienten cariñosas. No puedo asimilarlo. Lamento tanto tener que escucharlas día tras día.

No se atreven a hacer nada, si no es con ese empujoncito de trescientas conversaciones. Y sé que hay quien valora esos momentos con ellas. Yo me los paso asintiendo y pensando “ya estamos otra vez con la misma gilipollez”.

De verdad, que tengo un problema. Carmen me está sacando de mis casillas. Patricia también, sin duda. Pero últimamente veo más a Carmen porque “la otra” siempre está trabajando. Y malditas sean las dos horas que veo a Carmen. Me está taladrando la cabeza. No la soporto más.

Como un videojuego. Paso una pantalla y tengo que afrontar otra. Y así hasta que gano. ¿Quién viene a participar?

Se me ocurrieron 3 excusas. La primera, la superé. La segunda, lo hice con ayuda. La tercera, me tenía envuelta en un mar de dudas. Y es que sabía que si la pasaba, estaría tratando como prioridad a quien me trata, evidentemente, como opción. Y lo que ocurre es lo siguiente. Llegados al punto en el que me encuentro, ya no quiero ser la prioridad. No tendría sentido. La posibilidad de volverme loca quedó disuelta hace muchos días. Y ahora me estoy volviendo incongruente, pero yo sola. ¿Y dejarlo todo atrás? ¿Por qué no? Eso sí sería una buena pantalla final, y no el hacer kilómetros.

21 días

El mechero se ha quedado sin gas. O eso dicen. Presiono la rueda una y otra vez. Sigue sin funcionar. Gira, sí. Pero sin presión. Y yo me pregunto si lo rompí, o es cierto lo que me intentan explicar desde hace un buen rato.

Me genera angustia no saberlo. Realmente me siento un poco perdida. Despistada. No porque el mechero me quite la vida. Osea, creo que tenemos muchos mecheros en casa, en el coche, en cada bolso y bolsillo. Pero ese era especial. No especialmente bonito. Evidentemente, tampoco era muy bueno. Pero oye, que le había cogido cariño.

Y aquí estamos, hablando de un mechero. ¿Un mechero?

Enciende cigarros. Que matan. Y enciende velas, cuando se va la luz. Pero eso también se puede hacer con una caja de cerillas, claro. No es imprescindible. Pero es útil. Y mata.

Normalmente son muy horteras. Colores y dibujos espantosos. Hay quien incluso los colecciona. Pero yo no. Yo no colecciono mecheros. Y me parecen horrorosos.

¿Por qué seguimos hablando de esto?

Ah sí, porque me acostumbré a llevarlo en el bolsillo.

Oda a la añoranza

Hoy la cosa va de ti y de mí. De ti, sin tilde. No sabéis hablar, y tampoco escribir. Y hoy, la cosa va de que te echo de menos. Estoy muy cansada de echar de menos. La vida, los caminos, las ciudades, países, el mundo. Siento que las personas más importantes de mi vida están muy lejos. Mi padre, mis mejores amigos, todos. Cuando estrecho lazos muy fuertes con alguien, se va también. No pasa nada, me digo. Solo cambiamos de escenario, me dijo él ayer. Pero siempre tiene que ser así. Nunca podemos establecernos en una sencilla rutina cercana. Básicamente porque la rompería yo, ¿no es así?

Hoy, tengo el corazón un poco deteriorado, cansado. Lo noto casi arrugado. Vivir intensamente tiene un precio. Antes lo hubiera pagado sin pensar. Pero, ¿y ahora? ¿Estoy dispuesta? Es triste pero cierto; creo que no. De una manera maravillosa me estoy sometiendo a un entrenamiento contra natura. No está acorde a mi moral, ni a mis emociones. Siquiera a mi inteligencia. Y aquí estoy yo: firme en mi empeño de desgastar lo que me hacía especial. Dijo ayer que si no fuera por el tabaco y el alcohol, sería un ser de luz. Soy un ser de luz. No necesito morirme para proyectar cosas maravillosas en los demás, incluso cuando yo estoy podrida por dentro. Pero me hizo pensar en cosas tan dispares ese comentario. ¿Por qué fumo? ¿Por qué no leo más? ¿Por qué bebo de más? ¿Por qué escribo de menos? ¿Por qué me alejo de mis objetivos? Alegría, no pasa nada, la vida es una. Todos mis años mozos criticando algo que predico con el ejemplo a diario. ¿En qué o en quién me estoy convirtiendo? ¿Por qué soy incapaz de ser simple y tan complejamente yo? Yo. Yo no soy así. Yo soy un 50% lo que estoy manifestando cada día, y un 50% de otras muchísimas pasiones e inquietudes que se han dormido. ¿Qué está pasando? No puedo evitar gritarme cada mañana. Cada mañana en la que me levanto tarde, agotada. Sin energía para nada. ¡Pero qué haces! Y mi yo de anoche, contesta: “No lo sé”. Y me suplica que me calle, que no le de dolores de cabeza.

Así que hoy, que es día 25 de abril y no significa absolutamente nada para mí, he decidido volver a mi ser. Me hacía mucho más feliz, si no recuerdo mal. Y para eso, necesito a mis personas imprescindibles. Pese a mi independencia, he aprendido que sin ellos, me desvanezco. Y mantener conmigo a mis amig@s de verdad, a quienes os debo no haberme ido al fondo del todo cuando las circunstancias así lo propiciaban. A los que me habéis obligado a salir cuando no quería, a hablar cuando estaba callada, y a escuchar cuando no hacía más que pensar tonterías. Pero también necesito mis libros, mis ratos de escribir. Volver a estudiar. Y soñar con futuros mejores. Qué le hacemos si ya desde pequeña soñaba despierta.

Me prometí muchas cosas para el 2019. Algunas ya están cumpliéndose. Para el resto, ¿volvemos a empezar? Hoy es día 1 de enero otra vez.

Dos años ya

Gracias por tanto, gracias por todo.

Voy a añorar tu voz, y cómo te colocabas el pelo por detrás de la oreja. El niño Jesús siempre en tu mesilla, y no olvido aquella caja de Juanolas cuando abrías el cajón.
Los collares, y los broches. Y las anécdotas. Menudos enfados. Las risas. La ironía. Qué mujer tan inteligente y con la cabeza intacta hasta casi el último momento.

Rosarios, y la pintura. Desde la obra de arte más representativa, hasta los últimos que pintabas ya con el dedo. Las vistas desde aquella habitación en Guadarrama. Cuando recordabas tu juventud lo hacías siempre con ternura. Una niña de diecinueve años que se casó con aquel hombre con el que soñó. La noche que lo soñó, aquel primer viernes del mes. Y la oración.

Ese amor por tus hijos. Ese orgullo hacia tus nietos. Mi abuela coqueta y presumida. Mi Nana. “Pero cariño, ¿cómo es que has venido?”. Parece que te estoy escuchando, con ese acento andaluz que no perdiste en los muchísimos años que viviste fuera de Andalucía: casi toda tu vida.

Viene a la memoria un día, en aquel piso de San Fernando, hicimos un hueco en el salón y trataste de enseñarme a bailar sevillanas. Alta, muy alta, con tu vestido azul. Así te recuerdo. Tu arroz con leche. Y lo “grasiosas” que eran aquellas chicas. En las muñecas siempre las pulseras y por los hombros un echarpe, mínimo. Esas ideas tan arraigadas, de lo que fuera. Que no siempre estábamos de acuerdo, casi nunca. Pero podíamos hablar y compartir.

Me faltaron muchos “te quiero”. Nos faltaron momentos.

Tú y tus 94 que pudieron haber sido 100. Aún no me creo que te hayas ido. Tal vez porque te sigo sintiendo conmigo. Y no te vayas nunca, aunque sea de mi mente.

Buen viaje. Descansa en paz. Duele no poder abrazarte otra vez.

 

En abril del año 2017 mi abuela Nana se fue. Se marchó dejando a una familia peculiar, de la que ella se sentía orgullosa. No olvidaré nunca lo que sentí. Lo que significó que solo faltaran dos días para el cumpleaños de mi padre. Cómo y cuánto lamenté no haber estado más al lado de una mujer que, para mí, tuvo muchos defectos e hizo sufrir a más personas que quiero de lo que moralmente puedo asimilar. Y aún así, cuanto quise y quiero a la que fue la madre de mi padre. Quien motivó a un niño a ser un buen hombre, un mejor médico, y un maravilloso padre. No sabes, ni sabrás nunca, lo que para mí significó tu figura. Ni cómo me aferré al abanico que llevaba tu olor durante meses. No quería olvidarte. Ahora sé que no puedo. Y es un alivio. Aún no comprendo cómo te echo tanto de menos, ni la necesidad que sigo teniendo de volver a verte. Como si siguieras aquí, para siempre. 

Jaque mate

Ayer hubo una lucha entre dos titanes. Sus nombres, orgullo y sentimiento, aún resuenan en su cabeza.

Cuando estaba convencida de que orgullo había llamado, sentimiento lo pateó. Lo envió lejos, donde ya había dejado a rabia. Miedo, que tira siempre de orgullo, se vio arrastrado. El golpe fue tormentoso. De lejos aún se oían los gruñidos de todos los desterrados.

Sentimiento, que estaba en otra historia en ese momento, decidió mandar una señal a su amiga pasión. Le pedía, sin demasiadas explicaciones, que cogiera a determinación y seguridad y le ayudaran a abordar el problema.

Allí estaban las tres. Determinación arrancó el coche. Sentimiento le repetía los motivos al oído. Y fue seguridad quien, mirándole a los ojos, espetó que se estaba equivocando con ella. Casi pudo oír a miedo, que lejano intentaba volver. Y a fuerza, de frente, impidiéndole el paso.

Cuando se fundieron en un abrazo, notó cómo todos se calmaban. Ni miedo quería moverse, ni rabia volver. De orgullo no se tenían noticias. Fuerza estaba sentada, tranquila. Determinación y seguridad se miraban con cariño. Y sentimiento estaba bailando, cada vez más despacio pero sin perder el ritmo, con una pasión más serena pero aún activa.

Por un momento los fantasmas fueron piezas que jugaban en el mismo tablero que sus hadas. Y todos supieron ocupar su lugar. Incluso esos lugares lejanos que algunos no conocían.

Hoy está el hermano de orgullo en el centro. Se parecen tanto externamente que la gente los confunde. Aunque no tienen nada que ver, claro. Pero conviven, a veces.

Arquitecta de interiores

Unexpected
Usual

La mente es un palacio, amueblado con experiencias y recuerdos. En sus habitaciones hay un poco de todo. El suelo es uniforme, no podrás cambiar tu genética por más que lo intentes. Las paredes sí son distintas. Hay tantas emociones en un ser, tantos tonos. Los pasillos en beige, la cocina es roja. Los baños son alegres, con tantos colores como azulejos. Los dormitorios se mantienen en verdes lima y morados intensos. Y la librería, la biblioteca es amarilla. Aunque casi no se ve, con tantos sueños en forma de estante y libro.
Las lámparas son originales, espontáneas. Un fleco aquí, de allí cuelga un cristal. Benditas las ocurrencias que sí llevamos a cabo.

Cada puerta se abre de una manera diferente. En unas, introducimos un código. En otras, la huella dactilar. Resolvemos un puzzle y besamos la foto de un Jason Momoa (@prideofgypsies I love u) que desde hoy no tiene barba. Leemos un fragmento de la peor novela de la historia, que por supuesto es libre, quién tiene derecho a castigar la literatura. Barreras son las puertas. No son infranqueables, si consigues descifrarlas.
La mente, nuestro palacio, tiene también un bonito jardín. De flores románticas y algunas con espinas. Y la posibilidad de extender un toldo, para no mojarnos cuando la lluvia es intensa.

Entre los caminos de tierra y piedras, hay algún hueco que el granizo repentino nos dejó. Podemos taparlo, alisar el terreno o simplemente observarlo. Pero no lo obviemos. Meter el pie podría ser más doloroso que erosionar el terreno de nuevo. Se cruza una avispa, que si no va a herirnos, sí quiere sentirse libre y lugar con nuestro miedo. Dejémosla ser. Aprendamos a no temerla.

No hemos hablado de cada mueble, sería imposible. Cada día, hora, minuto y segundo ha decorado una esquina o el centro del salón. A veces cambiamos de estilo. Miramos todo de nuevo y sentimos la necesidad de sustituir ese sofá victoriano en gris perla por uno minimalista y de solo dos plazas. No debería tensarnos. La ventaja de que sea nuestro palacio es que podemos jugar con ella, con mimo, hasta alcanzar la idea perfecta, armónica. La paz.

No dejemos de decorarnos nunca.

Tengo una necesitada sensación de ansiedad. Palpita en las muñecas, en el cuello, en el lado derecho de mi cabeza. El cuello también me duele. Apenas puedo girarlo. Me he aplicado calor.

Cuando algo me duele, me doy calor. Y, a veces, es un problema.

Mi generación

Algo está pasando. No sé lo que es, pero sé que no es bueno. Reconozco demasiado bien la pizca de ansiedad con ese hablar incesante.

Y qué pasa si no va todo bien. Qué pasa si no estoy contenta. Qué pasa. Vamos. Qué.

Quién dijo que tenemos siempre que justificar cada expresión, gesto y suspiro. Quizás el mismo que nos aconsejó hacernos los ciegos a veces. Puto subconsciente.

https://www.youtube.com/watch?v=lBkk4NEheLk

Aun no

Una de cal y otra de arena. Así te siento. Y me siento mal.

Que ya dejaste claro que no querías salir de tu calma. Trato de ser consecuente. Ahora la no-calma te parece positiva.

No eliges bien los tiempos. No se hablan ciertas cosas en ciertos lugares, donde están mis amigos o la cerveza está de más.

Tampoco se estropean bailes de sábado y risas que cubren malas noticias.

Eso no está bien. Y tú no vas a entender nada. Dirás que a saber qué comentario mío dio pie a todo lo demás. Y aunque yo negara una y otra vez esa intención, jamás me creerías. Por eso no trataré de explicarlo, jamás.

Pero ya son dos ocasiones en las que me has insinuado que esto te aleja, que aquello te disgusta. Incluso que te estoy haciendo daño.

Perdóname, pero creo que te equivocas. Coge el camino que quieras y cuando quieras. ¿Te obliga alguien a estar aquí? Pero ten por seguro que, con la consciencia de que no soy nada positivo en tu vida, la que se da la vuelta soy yo. Ojo, no es orgullo. Es que te quiero bien, y no voy a hacerte daño.

“Joder tía, ¿no te quedas con nada positivo de lo que digo?”. Con absolutamente todo. El problema es que lo negativo, no debería existir. Al menos, no aún.